El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Subieron por el paseo de los alcornoques, callados. El suelo estaba lleno de hojas secas y, entre los troncos espaciados, muchas hojas de hortensias pendían abatidas, estropeadas por las lluvias; al fondo se alzaba pesadamente la casa baja, vieja, de una sola planta. A lo largo de la fachada grandes calabazas maduraban al sol, y alrededor del tejado, ennegrecido por el invierno, revoloteaban las palomas. En la parte trasera, el naranjal componía una masa de ramajes verde oscuro; una noria chirriaba monótonamente.
Pasó un chiquillo con un cubo de levadura.
—¿Adónde ha ido la señora, João? —le preguntó Amélia.
—Al olivar —contestó el muchacho con su vocecita arrastrada.
El olivar estaba lejos, al fondo de la quinta: todavía había grandes barrizales, no se podía ir hasta allí sin zuecos.
—Nos vamos a ensuciar —dijo Amélia—. Dejemos allí a doña María, ¿eh? Vamos a ver la quinta… Por aquí, señor párroco…