El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Estaban frente a un viejo muro en el que crecían clemátides. Amélia abrió una puerta verde; y bajaron por tres escalones de piedra descoyuntados a un sendero cubierto por una amplia parra. Junto al muro crecían rosas; al otro lado, entre los pilares de piedra que sostenían el emparrado y los troncos torcidos de las cepas, se divisaba, exhausto de luz dorada, un gran campo de hierba; a lo lejos, los techos del corral, aplanados y cubiertos de paja, destacaban en la sombra, y salía de allí una humareda ligera y blanca que se perdía en el aire muy azul.

Amélia se paraba a cada momento, le daba explicaciones sobre la quinta: allí iba a sembrarse cebada; más allá había que ver las cebollas, qué bonitas estaban…

—¡Ah! ¡Doña María da Assunção tiene esto muy bien cuidado!

Amaro la oía hablar, con la cabeza baja, mirándola de reojo; en aquel silencio de los campos su voz le parecía más rica, más dulce; el aire libre daba un color más picante a sus mejillas; sus ojos brillaban. Se recogió el vestido para pasar un charco; y la blancura de su media, que él entrevió, lo perturbó como si fuese un inicio de desnudez.


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