El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Cuando llegaron al final del emparrado cruzaron un campo atravesado por una acequia. Amélia se rió mucho del párroco, que tenía miedo de los sapos. Entonces él exageró sus temores. «Oiga, señorita Amélia, ¿habrá víboras?» Y la rozaba, al apartarse de las hierbas altas.

—¿Ve aquel muro? Pues al otro lado está nuestra finca. Se entra por la cancela, ¿ve? ¡Pero está muy cansado! Me parece que no es usted un gran andarín… ¡Ay, un sapo!

Amaro dio un saltito, le tocó el hombro. Ella lo empujó dulcemente, y con una risa cálida:

—¡Miedoso! ¡Miedoso!

Estaba muy contenta, muy animada. Hablaba de «su finca» con cierta vanidad, orgullosa de entender de la labranza, de ser propietaria.

—Parece que la cancela está cerrada —dijo Amaro.

—¿Sí? —dijo ella.

Se recogió las faldas, corrió un poco. ¡Estaba cerrada! ¡Qué pena! Y sacudía impaciente las estrechas rejas, entre las dos fuertes jambas de madera clavadas en la espesura del zarzal.

—¡El casero, que se ha llevado la llave!

Se inclinó, gritó hacia la parte de la era, arrastrando mucho la voz:

—¡Antonio! ¡Antonio!


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