El crimen del padre Amaro

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Nadie respondió.

—Está en el otro extremo de la finca —dijo ella—. ¡Qué fastidio! Si usted quisiese, por ahí delante se puede pasar. Hay una abertura en el muro, le llaman «el salto de la cabra». Se puede saltar al otro lado. —Y caminando junto a las zarzas, chapoteando en el barro, toda alegre—: ¡Cuando era pequeña nunca entraba por la cancela! Saltaba siempre por allí. ¡Y qué caídas, cuando el suelo estaba resbaladizo por la lluvia! ¡Era un auténtico demonio, aquí donde me ve! No se lo diga a nadie, ¿eh, señor párroco? ¡Ay! ¡Me estoy haciendo vieja! —Y volviéndose hacia él, con una risita que hacía resplandecer el esmalte de los dientes—: ¿No es verdad? ¿A que me estoy haciendo vieja?

Él sonreía. Le costaba hablar. El sol, dándole en la espalda, después del vino del abad, lo entumecía. Y su figura, sus hombros, sus roces le causaban un deseo continuo e intenso.

—Aquí está el «salto de la cabra» —dijo Amélia, parándose. Era una abertura estrecha en el muro: la tierra del otro lado, más baja, estaba embarrada. Desde allí se veía la finca de la Sanjoaneira: el terreno llano se extendía hasta un olivar, con la hierba fina muy estrellada de pequeñas margaritas blancas; una vaca negra, con grandes manchas, pastaba; y más allá se veían casas de techos puntiagudos sobre los que volaban bandadas de gorriones.


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