El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¿Y ahora? —preguntó Amaro.

—Ahora, a saltar —dijo ella riendo.

—¡Ahí voy! —exclamó él.

Cruzó la capa, saltó; pero resbaló en las hierbas húmedas. E inmediatamente Amélia, asomándose, riéndose mucho, haciendo grandes gestos con las manos:

—Y ahora adiós, señor párroco, me voy a visitar a doña María. Ahí se queda, preso en la finca. ¡Hacia arriba no puede saltar, por la cancela no puede pasar! El señor párroco está preso…

—¡Oiga, señorita Amélia! ¡Oiga, señorita Amélia!

Ella canturreaba, burlándose:

Fico sozinha á varanda,

que o meu bem está na prisao!

Aquellas maneritas excitaban al cura. Y con los brazos en alto, la voz cálida:

—¡Salte, salte!

Ella puso una voz mimosa:

—¡Ay, tengo miedito! Tengo miedito…

—¡Salte, señorita!

—¡Ahí voy! —gritó ella de pronto.

Saltó, fue a caerle sobre el pecho dando un gritito. Amaro resbaló, se reafirmó; y sintiendo entre sus brazos el cuerpo de ella la abrazó brutalmente y le besó el cuello con furia.


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