El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Hacía mucho tiempo que estaba enamorada del padre Amaro. Y a veces, sola en su habitación, se desesperaba pensando que él no percibía en sus ojos la confesión de su amor. Desde los primeros días, apenas lo oía por la mañana pedir el desayuno en voz baja, sentía que una alegría sin motivo penetraba todo su ser, empezaba a canturrear con una ligereza de pájaro. Después lo notaba un poco triste. ¿Por qué? No conocía su pasado; y acordándose del fraile de Évora, imaginaba que se había hecho cura por un disgusto amoroso. Entonces lo idealizó: le suponía una naturaleza muy tierna, le parecía que de su figura airosa y pálida se desprendía una fascinación. Deseó que fuese su confesor: ¡que bonito seria estar arrodillada a sus pies, en el confesionario, ver de cerca sus ojos negros, escuchar su voz suave hablando del paraíso! Le gustaba mucho la frescura de su boca; ¡palidecía ante la idea de poder abrazarlo, vestido con su larga sotana negra! Cuando Amaro salía, iba a su habitación, besaba su almohadita, guardaba los pequeños cabellos que se le habían quedado en el peine. Le ardía el rostro cuando lo oía tocar la campanilla.