El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Si Amaro comía fuera con el canónigo Dias, estaba todo el día impertinente, reñía con la Ruça, a veces incluso hablaba mal de él, «que era un cazurro que era tan joven que ni respeto inspiraba». Cuando él hablaba de alguna nueva confesada, enmudecía, con unos celos pueriles. Su antigua devoción renacía, llena de un fervor sentimental: sentía un vago amor físico por la Iglesia; desearía abrazar, con pequeños besitos demorados, el altar, el órgano, el misal, los santos, el cielo, porque no los distinguía bien de Amaro y le parecían partes de su persona. Leía su misal pensando en él como en su Dios particular… Y Amaro no sabía, cuando paseaba nervioso por su habitación, que ella lo escuchaba desde arriba, regulando por sus pisadas los latidos de su corazón, abrazándose a la almohada, desfallecida de deseo, ¡besando el aire en el que imaginaba los labios del párroco!