El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Caía la tarde cuando doña María y Amélia volvieron a la ciudad. Amélia, delante, callada, fustigaba a su burrita, mientras doña María da Assunção iba hablando con el mozo de la quinta, que guiaba la reata. Al pasar junto a la catedral, oyeron tocar a Avemarías. Y Amélia, rezando, no podía apartar sus ojos de las piedras de la iglesia, sin duda tan grandiosamente erguidas para que él celebrase allí. Recordaba entonces domingos en los que lo había visto bendiciendo, mientras las campanas repicaban, desde los peldaños del altar mayor y todos se inclinaban, incluso la mujer del mayorazgo Carreiro, incluso la señora baronesa de Via-Clara y la mujer del gobernador civil, ¡tan orgullosa, con su nariz de caballete! Se curvaban bajo sus dedos levantados, ¡y seguro que también les parecían bonitos sus ojos negros! ¡Y era él quien la había estrechado entre sus brazos junto al muro! Sentía aún en el cuello la presión cálida de sus labios: una pasión se extendió como una llama por todo su ser: soltó las riendas de la burrita, se apretó el pecho con las manos y, cerrando los ojos, vertiendo toda su alma en una devoción:

—¡Oh, Virgen de los Dolores, madrina mía, haz que le guste! En el atrio empedrado paseaban los canónigos, conversando. La botica de enfrente ya tenía luz, los frascos brillaban; y tras la balanza, la figura del boticario Carlos, con su visera minuciosamente bordada, se movía majestuosamente.


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