El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Hablaba mirando hacia abajo. Y no veía cómo Amélia levantaba los ojos hacia él, sorprendida y desconsolada.
En ese momento entró la Sanjoaneira y, al traspasar la puerta, abriendo los brazos:
—¡Vaya! ¡Ya sé, ya sé! Me lo ha dicho el señor padre Natário: ¡una gran comida! ¡Cuente, cuente!
Amaro tuvo que hablar de los platos, de las picardías del Libaninho, de la discusión teológica; después hablaron de la finca, y Amaro bajó sin haberse atrevido a decirle a la Sanjoaneira que iba a dejar la casa, lo que suponía para la pobre mujer una pérdida de seis tostones diarios.
A la mañana siguiente, el canónigo visitó a Amaro temprano, antes de ir al coro. El párroco estaba afeitándose junto a la ventana.
—¡Hola, profesor! ¿Qué hay de nuevo?
—¡Me parece que el asunto puede arreglarse! Y ha sido de casualidad, esta mañana… Hay una casita, allá hacia mi parroquia, que es una maravilla. Era del comandante Nunes, a quien han trasladado para el quinto batallón.
Aquella celeridad desagradó a Amaro; preguntó, afilando la navaja afligido:
—¿Está amueblada?
—Tiene muebles, vajilla, ropa de cama, tiene de todo.