El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro aceptó la casa. Y aquella misma mañana el canónigo le consiguió una criada, la señora María Vicéncia, persona muy devota, alta y flaca como un pino, antigua cocinera del doctor Godinho. Y —como observó el canónigo Dias— ¡era la mismísima hermana de la célebre Dionísia! La Dionísia había sido en otro tiempo la Dama de las Camelias, la Ninon de Lanclos, la Manon de Leiría: había disfrutado del honor de ser concubina de dos gobernadores civiles y del terrible mayorazgo de A Sertejeira; y las pasiones frenéticas que inspiró habían sido para casi todas las madres de familia de Leiría motivo de lágrimas y de soponcios. Ahora planchaba ropa ajena, se encargaba de empeñar objetos, entendía mucho de partos, protegía «el delicioso adulterito», según la singular expresión del viejo don Luis da Barrosa, apodado «el Infame», proporcionaba campesinitas a los señores empleados públicos, sabía toda la historia amorosa del distrito. Y se veía a la Dionísia siempre en la calle, con su chal ajedrezado cruzado, el pesado pecho temblando dentro de un corsé sucio, el andar discreto y las antiguas sonrisas, pese a que le faltaban ya los dos dientes delanteros.

Aquella misma tarde el canónigo comunicó a la Sanjoaneira la resolución de Amaro. ¡Fue una gran sorpresa para la buena señora! Se quejó con amargura de la ingratitud del señor párroco.

El canónigo tosió gravemente y dijo:


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