El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Escuche, señora. Fui yo quien le consiguió la casa. Le digo por qué: esta solución de la habitación de arriba, etcétera, me está destrozando la salud. —Dio otras razones de prudencia higiénica, y añadió, pasándole tiernamente los dedos por el cuello—: Es perder para ganar, ¡no se aflija! Yo daré para la compra, como antes; y como este año la cosecha ha sido buena, pondré media pieza más para los perifollos de la pequeña. Venga ahora un besito, Augustinha, picarona. Y fíjese, hoy me quedo aquí a comerle la sopa.

Mientras tanto, Amaro, abajo, embalaba su ropa. Pero a cada momento se detenía, emitía un ¡ay! triste, se quedaba mirando la habitación, la cama mullida, la mesa con su tapete blanco, la amplia butaca forrada de cretona en la que leía el breviario oyendo a Amélia cantar arriba.

«¡Nunca más!», pensaba. «¡Nunca más!»

¡Adiós a las buenas mañanas pasadas junto a ella, viéndola coser! ¡Adiós a las alegres sobremesas que se prolongaban a la luz del candil! ¡Adiós a los tés alrededor del brasero, cuando el viento ululaba fuera y cantaban las frías goteras! ¡Todo había terminado!

La Sanjoaneira y el canónigo aparecieron en la puerta de la habitación. El canónigo resplandecía; y la Sanjoaneira dijo, muy apenada:

—¡Ya sé, ya sé, ingrato!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker