El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Es cierto, señora —dijo Amaro, encogiéndose de hombros tristemente—. Pero hay motivos… Lo siento…
—Mire, señor párroco —dijo la Sanjoaneira—, no se ofenda por lo que voy a decirle, pero yo lo quería como a un hijo… —Y se llevó el pañuelo a los ojos.
—Tonterías —exclamó el canónigo—. Entonces ¿no va él a poder venir por aquí, como un amigo, las noches de tertulia, a tomar su café?… ¡No se va al Brasil, señora!
—Pues sí, pues sí —decía la pobre señora, desconsolada—, ¡pero no es igual que tenerlo en casa!
En fin, ella sabía bien que la gente está mucho mejor en su propia casa… Le hizo entonces extensas recomendaciones sobre el lavado de la ropa, que enviase a buscar lo que quisiese, vajilla, sábanas…
—¡Y mire bien por ahí, que no se le olvide nada, señor párroco!
—Muchas gracias, señora, muchas gracias…
Y mientras seguía colocando su ropa, se exasperaba por la decisión tomada. ¡La pequeña, evidentemente, no había abierto el pico! ¿Por qué se iba entonces de aquella casa tan barata, tan confortable, tan amistosa? Y odiaba al canónigo por su celo y su precipitación.