El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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La comida fue triste. Amélia, sin duda para justificar su palidez, se quejaba de dolor de cabeza. En el momento del café, el canónigo quiso su «ración de música»; y Amélia, de forma automática o intencionadamente, entonó la canción querida:

Ai! adeus! acabaramse os dias

que ditoso vivi ao teu lado!

Soa a hora, o momento fadado,

e forçoso deixar-te e partir!

Entonces, al oír aquella llorosa melodía que realzaba las tristezas de la separación, Amaro se sintió tan perturbado que tuvo que levantarse súbitamente, ir a apoyar el rostro en la ventana, esconder las dos lágrimas que irreprimiblemente le saltaron de los párpados. Los dedos de Amélia también se aturullaron en el teclado.

Hasta la propia Sanjoaneira dijo:

—¡Ay, hija, toca otra cosa, anda!

Pero el canónigo, poniéndose en pie pesadamente:

—Bueno, señores, ya van siendo horas. Vamos allá, Amaro. Iré con usted hasta la Rua das Sousas…

Entonces Amaro quiso despedirse de la idiota; pero, tras un fuerte acceso de tos, la vieja dormía, muy débil.

—Déjenla tranquila —dijo Amaro. Y estrechando la mano de la Sanjoaneira—: Muchas gracias por todo, señora, créame…


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