El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se calló, con un nudo en la garganta.
La Sanjoaneira se había llevado a los ojos la punta de su delantal blanco.
—¡Pero, señora! —dijo el canónigo riendo—. Ya se lo he dicho hace un momento, ¡el hombre no se va a las Indias!
—El trato engendra cariño… —lloriqueó la Sanjoaneira.
Amaro intentó bromear. Amélia, muy pálida, se mordisqueaba el labio.
Finalmente Amaro bajó; y João Ruco, que a su llegada a Leiría le había llevado el baúl a la Rua da Misericórdia, muy borracho, canturreando el Bendito, se lo llevaba ahora a la Rua das Sousas, igualmente borracho pero tarareando el Rei Chegou.
Cuando Amaro se vio solo de noche en aquella casa tristona, sintió una melancolía tan punzante y un tan negro hastío de la vida que, ayudado por su naturaleza lasa, tuvo ganas de acurrucarse en un rincón y dejarse morir allí.