El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se paraba en medio de la habitación, miraba alrededor: la cama era de hierro, pequeña, con un colchón duro y una colcha roja; el espejo de azogue gastado estaba encima de la mesa; como no había lavabo, la palangana y la jarra, con un pedacito de jabón, estaban sobre el poyo de la ventana; todo allí olía a moho; y fuera, sobre la calle negra, caía sin cesar una lluvia triste. ¡Qué existencia! ¡Y sería así para siempre!…
Se rebeló entonces contra Amélia: la acusó, con el puño cerrado, de la pérdida de sus comodidades, de la falta de muebles, del gasto suplementario, ¡de la soledad que lo helaba! Si fuese una mujer con corazón tendría que haber ido a su habitación y decirle: «Señor padre Amaro, ¿por qué se va? ¡Yo no estoy enfadada!». Porque, a fin de cuentas, ¿quién había excitado su deseo? ¡Ella, con sus carantoñas tiernas, sus miraditas acarameladas! Pero no, había permitido que hiciese las maletas y bajase las escaleras sin una palabra amiga, ¡poniéndose a tocar con estrépito el vals del Beso!