El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces odiaba todo el mundo secular, porque habÃa perdido sus privilegios para siempre; y ya que el sacerdocio lo excluÃa de la participación en los placeres humanos y sociales, se refugiaba como compensación en la idea de la superioridad espiritual que le daba sobre los hombres. Aquel miserable escribiente podÃa desposar y poseer a la muchacha, pero ¿qué era él en comparación con un párroco a quien Dios habÃa confiado el poder supremo de distribuir el cielo y el infierno?… Y se complacÃa en este sentimiento, llenando su espÃritu de orgullo sacerdotal. Pero rápidamente le venÃa la desconsoladora idea de que aquel dominio sólo era válido en la región abstracta de las almas; nunca podrÃa manifestarlo, a través de acciones triunfantes, en plena sociedad. Era un dios dentro de la catedral, pero apenas salÃa a la calle no era más que un oscuro plebeyo. Un mundo irreligioso habÃa reducido toda la acción sacerdotal a una mezquina influencia sobre almas de beatas… Y era esto lo que lamentaba, aquel menoscabo social de la Iglesia, aquella mutilación del poder eclesiástico, limitado a lo espiritual, sin derecho sobre el cuerpo, la vida y la riqueza de los hombres… Lo que añoraba era la autoridad de los tiempos en que la Iglesia era la nación y el párroco el amo temporal del rebaño. ¿Qué le importaba, en su caso, el derecho mÃstico a abrir o cerrar las puertas del cielo? ¡Lo que querÃa era el antiguo derecho a abrir o cerrar la puerta de las mazmorras! Necesitaba que los escribientes y las Amélias temblasen ante la sombra de su sotana…