El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Desearía ser un sacerdote de la antigua Iglesia, gozar de las ventajas que da la denuncia y de los terrores que inspira el verdugo, y allí, en aquel pueblo sometido a la jurisdicción de su catedral, hacer temblar ante la idea de castigos y torturas a aquellos que aspirasen a hacer realidad felicidades que a él le estaban prohibidas; y pensando en João Eduardo y en Amélia, ¡lamentaba no poder encender las hogueras de la Inquisición! Así, aquel inofensivo joven, bajo la excitación iracunda de una pasión contrariada, se pasaba horas imaginando grandiosas ambiciones de tiranía eclesiástica: porque cualquier cura, hasta el más estúpido, pasa por un momento en que se ve penetrado por el espíritu de la Iglesia, bien en sus lances de renunciación mística, bien en sus ambiciones de dominio universal; cualquier subdiácono se cree durante una hora capaz de ser santo o de ser papa; no hay seminarista que no haya aspirado con delectación, durante un instante, a la cueva del desierto en que san Jerónimo, mirando el cielo estrellado, sentía la gracia descendiéndole por el pecho como un abundante río de leche; y el abad panzudo que al caer la tarde, en la galería, hurga con un palillo en el diente cariado y saborea su café con aspecto paternal, cobija en su interior los difusos restos de un Torquemada.



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