El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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La vida de Amaro se volvió monótona. Marzo transcurría muy lluvioso, muy frío; y después del servicio en la catedral Amaro entraba en casa, se quitaba las botas embarradas, se ponía las zapatillas, se aburría. A las tres comía; y nunca levantaba la tapa agrietada de la sopera sin acordarse, con una nostalgia punzante, de la comidita en la Rua da Misericórdia, cuando Amélia, con el cuello de su vestido muy blanco, le pasaba la sopa de garbanzos, sonriente, muy cariñosa. Aquí lo servía la Vicéncia, tiesa y enorme, con aquel cuerpo de soldado con faldas, siempre constipada; y de vez en cuando, desviando la cabeza, se sonaba ruidosamente en el mandil. Era muy sucia: los cuchillos tenían la punta humedecida del agua grasienta de fregar. Amaro, disgustado e indiferente, no se quejaba; comía mal, deprisa; mandaba que le trajese el café y se quedaba horas y horas sentado a la mesa, quebrando la ceniza del cigarro en el borde del platillo, perdido en un tedio mudo, notando los pies y las rodillas fríos por el viento que entraba a través de las rendijas de la desamparada sala.

A veces el coadjutor, que nunca lo había visitado en la Rua da Misericórdia, aparecía al acabar de comer, se sentaba lejos de la mesa y permanecía callado, con su paraguas entre las rodillas. Después, creyendo agradar al párroco, repetía invariablemente:

—Su Señoría está mejor aquí, en su propia casa.


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