El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Hay viento del sur? —preguntaba, por fin, bostezando.
—Sí —respondía el coadjutor.
Se encendía la luz; el coadjutor se levantaba, sacudía el paraguas y salía echando una mirada de reojo a la Vicéncia.
Aquélla era la peor hora, de noche, cuando se quedaba solo. Intentaba leer, pero los libros lo aburrían: deshabituado de la lectura no entendía «el sentido». Miraba por la ventana: la noche estaba tenebrosa, el empedrado brillaba tenuemente. ¿Cuándo terminaría aquella vida? Prendía el cigarro y recomenzaba sus paseos desde el lavamanos hasta la ventana, con las manos a la espalda. A veces se acostaba sin rezar, y no tenía remordimientos: pensaba que haber renunciado a Amélia era ya una penitencia, no necesitaba cansarse leyendo oraciones en un libro; ya había celebrado «su sacrificio». ¡Se sentía libre de deudas con el cielo!