El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡E idealizaba a Amaro! Sus noches estaban agitadas por sueños lúbricos; de día vivía en una inquietud celosa, con melancolías lúgubres que la convertían, como decía su madre, «en una mona, ¡que hasta da rabia!».
Se le agriaba el carácter.
—¡Pero bueno, niña! ¿A ti qué te pasa? —exclamaba la madre.
—No me encuentro bien. ¡Debo de estar enfermando!
En efecto, andaba pálida, había perdido el apetito. Y por fin una mañana se quedó en cama, con fiebre. La madre, asustada, llamó al doctor Gouveia. El viejo médico, después de ver a Amélia, entró en el comedor sorbiendo contento su pulgarada de rapé.
—¿Qué tiene, señor doctor? —le dijo la Sanjoaneira.
—Cáseme a esta chica, Sanjoaneira, cáseme a esta chica. Se lo he dicho tantas veces… ¡criatura!
—Pero, señor doctor…
—Pero cásela de una vez, Sanjoaneira, ¡cásela de una vez! —repetía él escaleras abajo, arrastrando un poco la pierna derecha, encogida por un pertinaz reumatismo.