El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero poco a poco la «idea mala» que, atacada, se había encogido y fingido muerta, comenzó a desenroscarse lentamente, a crecer, a invadirla. De día, de noche, cosiendo y rezando, la idea del padre Amaro, sus ojos, su voz se le aparecían, tenaces tentaciones, con un encanto creciente. ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué no venía? ¿Le gustaba otra? Tenía celos indefinidos, pero corrosivos, que la quemaban. Y aquella pasión iba envolviéndola como una atmósfera de la que no podía salir, que la seguía si ella huía ¡y que la hacía vivir! Sus honestas resoluciones se marchitaban, morían como débiles florecillas ante aquel fuego que la recorría. Si alguna vez volvía el recuerdo de Joaninha, lo rechazaba irritada; ¡y acogía con alborozo todas las insensatas razones que se le ocurrían para amar al padre Amaro! Albergaba ahora una sola idea: rodearle el cuello con sus brazos y besarlo, ¡oh, besarlo!… Después, si era necesario, ¡morir!
Empezó entonces a impacientarse con el amor de João Eduardo. Lo encontraba «aburrido».
«¡Qué pesadez!», pensaba cuando escuchaba sus pasos en la escalera, de noche.
No soportaba sus ojos siempre vueltos hacia ella, su levita negra, sus monótonas conversaciones sobre el Gobierno Civil.