El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

De vuelta a casa, Amaro tuvo que contenerse para no echarse a correr en sotana por las calles. Entró en su habitación, se sentó a los pies de la cama y allí se quedó, rebosante de felicidad, como un gorrión bien comido en un rayo de sol muy caliente: recordaba el rostro de Amélia, la redondez de sus hombros, la belleza de los encuentros, las palabras que le había dicho: «¡He estado como enferma!». La certeza de que «le gustaba a la chiquilla» le invadió entonces el alma con la violencia de una ráfaga y se quedó en cada rincón de su ser susurrando un murmullo melodioso de felicidades saltarinas. Y paseaba por la habitación con zancadas de medio metro, abriendo los brazos, deseando la posesión inmediata de su cuerpo; sentía un orgullo prodigioso; se colocaba delante del espejo y henchía el pecho, ¡como si el mundo fuese un pedestal expresamente hecho para acogerlo sólo a él! Apenas pudo comer. ¡Con qué impaciencia deseaba la noche! La tarde se había aclarado; a cada momento sacaba su reloj de plata, miraba por la ventana, irritado, la claridad del día que se arrastraba despacio en el horizonte. Lustró él mismo sus zapatos, se abrillantó el cabello. Y antes de salir rezó cuidadosamente su breviario, porque ante aquel amorío le había sobrevenido un miedo supersticioso de que Dios o los santos, escandalizados, fuesen a molestarlo; y no quería, por descuidos en la devoción, «darles motivos de queja».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker