El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al llegar a la calle de Amélia el corazón le latía con tanta fuerza que tuvo que detenerse, sofocado; le pareció melodioso el canto de las lechuzas en la vieja Misericõrdia, que no oía desde hacía muchas semanas.
¡Qué admiración cuando entró en el comedor!
—¡Dichosos los ojos! ¡Ya creíamos que se había muerto! ¡Qué milagro!…
Estaban doña Maria da Assunção, las Gansoso. Apartaron las sillas con entusiasmo para dejarle sitio, para contemplarlo.
—Entonces, ¿qué es de su vida, qué es de su vida? ¡Está más delgado!
El Libaninho, en medio de la sala, imitaba cohetes volando en el aire. El señor Artur Conceiro le improvisó un fadito a la viola.
Ora já cá ternos o senhor párroco.
nos chás da Sao Joaneira.
Isto já parece outra coisa,
volta a bela cavaqueira!
Hubo aplausos. Y la Sanjoaneira, en una pura risa:
—¡Ay, qué ingrato ha sido!
—¿Un ingrato, dice la señora? —rezongó el canónigo—. ¡Un necio, diría yo!