El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia no hablaba, las mejillas abrasadas, los ojos húmedos, embobados, fijos en el padre Amaro, a quien habían cedido la butaca del canónigo, en la que se arrellanaba, hinchado de gozo, haciendo reír a las señoras por la gracia con que contaba los descuidos de la Vicéncia.
João Eduardo, aislado en una esquina, hojeaba un viejo álbum.