El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La Sanjoaneira esperaba en lo alto de la escalera; una criada, esquelética y pecosa, alumbraba con un candil de petróleo; y la figura de la Sanjoaneira se destacaba claramente en la luz, sobre la pared encalada. Era gorda, alta, muy blanca, de aspecto pachorrudo. La piel se le arrugaba ya en torno a sus ojos negros; los pelos disparados, con mechones rojizos, empezaban a escasear en las sienes y en el inicio de la frente, pero se percibían unos brazos rechonchos, un cuello abundante y ropas limpias.
—¡Aquí tiene usted a su huésped! —dijo el canónigo subiendo.
—¡Es un gran honor recibirlo, señor párroco! ¡Un gran honor! ¡Debe de venir muy cansado! ¡Por fuerza! Por aquí, tenga la bondad. Cuidado con el escaloncito.
Lo condujo a una sala pequeña, pintada de amarillo, con un amplio canapé de mimbre arrimado a la pared y enfrente, abierta, una mesa forrada de bayeta verde.