El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Ésta es su sala, señor párroco —dijo la Sanjoaneira—. Para recibir, para descansar… Aquí —añadió, abriendo una puerta— está su dormitorio. Tiene su cómoda, su armario… —Abrió los cajones, elogió la cama comprobando la elasticidad de los colchones—. Una campanilla para llamar siempre que quiera… Las llavecitas de la cómoda están aquí… Si prefiere la almohadita más alta… Tiene sólo una manta, pero si quiere…
—Está bien, está todo muy bien, señora —dijo el párroco con su voz baja y suave.
—¡Usted pida lo que necesite! Lo que haya, con la mejor voluntad…
—¡Oh, criatura de Dios! —interrumpió el canónigo jovialmente—. ¡Lo que quiere él ahora es cenar!
—También tiene la cenita preparada. Desde las seis está el caldo haciéndose. —Y salió para apresurar a la criada, diciendo desde el fondo de la escalera—: ¡Venga, Ruça, muévete, muévete!…
El canónigo se sentó pesadamente en el canapé, y sorbiendo su pulgarada de rapé:
—Hay que conformarse, querido. Es lo que he podido conseguir.