El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo estoy bien en cualquier parte, profesor —dijo el párroco, calzándose sus chinelas de orillo—. ¡Acuérdese del seminario!… ¡Y en Feirão! Me llovía en la cama.
En aquel momento, hacia la plaza, se oyó sonar un toque de corneta.
—¿Qué es eso? —preguntó Amaro, yendo a la ventana.
—Las nueve y media, el toque de retreta.
Amaro abrió el ventanal. Al final de la calle agonizaba un farol. La noche estaba muy negra. Y se extendía sobre la ciudad un silencio cóncavo, abovedado.
Después de la corneta, un redoble lento de tambores se alejó por la zona del cuartel; bajo la ventana pasó corriendo un soldado demorado en alguna callejuela del castillo; y de los muros de la Misericõrdia salía incesantemente el agudo ulular de las lechuzas.
—Es triste esto —dijo Amaro.
Pero la Sanjoaneira gritó desde arriba.
—¡Puede subir, señor canónigo! ¡Está el caldo en la mesa!
—Ya va. Venga Amaro, ¡que debe de estar usted cayéndose de hambre! —dijo el canónigo levantándose con gran esfuerzo. Y cogiendo un momento al párroco por la manga de la chaqueta—: ¡Va a ver usted lo que es un caldo de gallina hecho aquí por la señora! ¡De chuparse los dedos!…