El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En medio del comedor, forrado de papel oscuro, resplandecía la mesa con su mantel blanco, su loza, los vasos brillando a la luz intensa de un candil de abat-jour verde. De la sopera ascendía el aromático vapor del caldo y en la gran fuente una gallina gorda, ahogada en un arroz jugoso y blanco, acompañada por trozos de buen chorizo, presentaba una suculenta apariencia de plato señorial. En el aparador acristalado, un poco en la penumbra, se apreciaban porcelanas de colores claros; en un rincón, junto a la ventana, estaba el piano, cubierto por una colcha de satén descolorido. En la cocina freían; y percibiendo el olor a fresco que llegaba de una cesta de ropa limpia, el párroco se frotó las manos, encantado.
—Póngase aquí, señor párroco, póngase aquí —dijo la Sanjoaneira—. De ahí le puede venir frío. —Fue a cerrar las contraventanas; le acercó una cajita con arena para las colillas de los cigarros—. Y el señor canónigo toma una tacita de compota, ¿verdad?
—Bueno, venga, por acompañar —dijo alegremente el canónigo, sentándose y desdoblando la servilleta.