El crimen del padre Amaro

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Entretanto, la Sanjoaneira se movía por la habitación admirando al párroco, quien con la cabeza inclinada sobre el plato tomaba su caldo en silencio, soplándole a la cuchara. Era bien parecido, tenía un pelo muy negro, levemente ondulado. El rostro era ovalado, la piel trigueña y fina, los ojos negros y grandes, con largas pestañas.

El canónigo, que no lo veía desde los días del seminario, lo encontraba más fuerte, más viril.

—Usted era un poco raquítico…

—Fue el aire de la sierra —decía el párroco—, ¡me ha sentado bien!

Habló entonces de su triste experiencia en Feirão, en la Beira Alta, durante el áspero invierno, solo, entre pastores. El canónigo le servía vino, escanciándolo, haciéndolo espumar.

—¡Pues beba, hombre, beba! De esto no probaba usted en el seminario.

Hablaron del seminario.

—¿Qué habrá sido del Rabicho, el despensero? —dijo el canónigo.

—¿Y del Carocho, que robaba las patatas?

Rieron; y bebiendo, con la alegría de los recuerdos, rememoraban las historias de aquel tiempo, el catarro del rector y el profesor de gregoriano, a quien un día le habían caído del bolsillo las poesías obscenas de Bocacio.


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