El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Cómo pasa el tiempo, cómo pasa el tiempo! —decían.

La Sanjoaneira puso sobre la mesa un plato hondo con manzanas asadas.

—¡Bravo! ¡No, yo a esto también me apunto! —exclamó el canónigo—. ¡La rica manzana asada! ¡Nunca se me escapa! Gran ama de casa, amigo mío, magnífica ama de casa nuestra Sanjoaneira. ¡Gran ama de casa!

Ella reía y enseñaba sus dos dientes delanteros, grandes y empastados.

Fue a buscar una botella de vino de oporto; puso en el plato del canónigo, con devota afectación, una manzana deshecha, espolvoreada con azúcar; y dándole palmaditas en la espalda con su mano papuda y blanda:

—¡Este hombre es un santo, señor párroco, un santo! ¡Ay, cuántos favores le debo!

—No le haga caso, no le haga caso —decía el canónigo. Se le extendía por el rostro una satisfacción arrobada—. ¡Buen licor! —añadió, saboreando su copa de oporto—. ¡Buen licor!

—Fíjese que tiene ya los años de Amélia, señor canónigo.

—¿Y dónde está ella, la pequeña?

—Fue a O Morenal con doña Maria. Después iban a casa de las Gansoso a pasar la noche.


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