El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Esta señora, aquí donde la ve, es una terrateniente —explicó el canónigo hablando de O Morenal—. ¡Tiene un condado! —Reía con bonhomía y sus ojos brillantes recorrían tiernamente la corpulencia de la Sanjoaneira.
—Oh, señor párroco, no le haga caso, es un trocito de tierra… —dijo ella. Pero al ver a la criada apoyada en la pared, sacudida por un acceso de tos—: ¡Pero mujer, vete a toser allá dentro! ¡Faltaría más!
La muchacha salió, tapándose la boca con el delantal.
—La pobre parece enferma —observó el párroco—. ¡Muy achacosa, mucho!… La pobre de Cristo era su ahijada, huérfana, y estaba casi tísica. La había recogido por compasión…
—Y también porque la criada que tenía antes tuvo que irse al hospital, la muy desvergonzada… ¡Se amigó con un soldado!…
El padre Amaro bajó los ojos despacio y mientras mordisqueaba unas miguitas de pan preguntó si el verano estaba siendo de muchas enfermedades.
—Diarreas, por culpa de la fruta verde —murmuró el canónigo—. Se hartan de sandías y, después, cántaros de agua… Y vienen las fiebres…
Hablaron entonces de las enfermedades, del aire de Leiría.