El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Yo ahora ando más fuerte —decía el padre Amaro—. Bendito sea Dios, ¡tengo salud, tengo salud!

—¡Ay, Nuestro Señor se la conserve, no sabe usted el bien que es! —exclamó la Sanjoaneira. Y empezó a contar la gran desgracia que tenía en casa, una hermana medio idiota que llevaba diez años paralizada. Iba a cumplir los sesenta. Durante el invierno había cogido un catarro y desde entonces, pobrecita, decaía, decaía…—. Hace un momento, al anochecer, tuvo un ataque de tos. Pensé que se nos iba. Ahora reposa.

Siguió hablando de «aquella desgracia», después habló de su Amélia, de las Gansoso, del anterior chantre, de lo caro que estaba todo, sentada, con el gato sobre las piernas, haciendo bolitas de pan con dos dedos, monótonamente. Al canónigo, lleno, se le cerraban los párpados; todo en la sala parecía ir adormeciéndose poco a poco; la luz del candil agonizaba.

—Bueno, señores —dijo por fin el canónigo moviéndose—, ¡ya son horas!

El padre Amaro se levantó y dio las gracias con los ojos bajos.

—¿Quiere una lamparita, señor párroco? —preguntó amablemente la Sanjoaneira.

—No, señora. No uso. Buenas noches.

Y bajó despacio, limpiándose los dientes con un palillo.


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