El crimen del padre Amaro

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La Sanjoaneira alumbraba con el candil en el rellano. Pero en los primeros peldaños el párroco se detuvo, y volviéndose afectuosamente:

—Es verdad, señora, mañana es sábado, día de ayuno…

—No, no —intervino el canónigo, que se envolvía en su capa de alpaca, bostezando, usted mañana come conmigo. Vengo yo por aquí y vamos a ver al chantre, a la catedral y por ahí… Y sepa que tengo lulas. Un milagro, porque aquí nunca hay pescado.

La Sanjoaneira se apresuró a tranquilizar al párroco:

—Ay, señor párroco, no hace falta recordar los ayunos. ¡Tengo el mayor de los cuidados!

—Yo lo decía —explicó el párroco— porque, desgraciadamente, hoy en día nadie cumple…

—Tiene usted mucha razón —atajó ella—. Pero yo… ¡ya lo creo! ¡La salvación de mi alma por encima de todo!

Abajo la campanilla sonó con fuerza.

—Debe de ser la pequeña —dijo la Sanjoaneira—. ¡Ruça, abre!

La puerta se abrió, se oyeron voces, risitas.

—¿Eres tú, Amélia?


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