El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Una voz dijo «¡adiós, adiós!». Y subiendo casi a la carrera, recogiéndose un poco el vestido por delante, apareció una bella jovencita, fuerte, alta, bien hecha, con un pañuelo blanco en la cabeza y un ramo de romero en la mano.

—Sube, hija. Está aquí el señor párroco. Llegó ahora por la noche, ¡sube!

Amélia se había parado, un poco azorada, mirando hacia los escalones de arriba, donde permanecía el párroco apoyado en el pasamanos. Jadeaba tras la carrera; venía colorada; sus ojos negros y vivos resplandecían; y emanaba de ella una sensación de frescura y de prados hollados.

El párroco bajó pegado al pasamanos para dejarla pasar y, con la cabeza baja, murmuró un «buenas noches». El canónigo, que descendía pesadamente detrás de él, se plantó en medio de la escalera, delante de Amélia:

—Pero ¿qué horas son éstas, tunanta?

Ella soltó una risita y se encogió de hombros.

—¡Ande, vaya a encomendarse a Dios, vaya! —dijo, dándole un suave cachetito en la mejilla con su mano gorda y peluda.

Ella subió corriendo, mientras el canónigo, tras recoger el quitasol en la salita, salía diciéndole a la criada que alumbraba la escalera con el candil:


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