El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro E para acalmar doces chamas
jejuar a pão-de-ló.
Aquella composición galante y devota había sido muy celebrada entre la sociedad eclesiástica de Leiría. El señor chantre había pedido una copia y preguntado, refiriéndose al poeta:
—¿Quién es el hábil Anacreonte?
E informado de que era el escribano municipal, le habló de él con tanto interés a la esposa del gobernador civil, que Artur obtuvo la gratificación de ocho mil reales que imploraba desde hacía años.
A aquellas reuniones no faltaba nunca el Libaninho. Su última picardía era robarle besos a doña Maria da Assunção; la vieja se escandalizaba con mucho vocerío y, abanicándose furiosamente, le lanzaba de reojo miradas golosas. Después el Libaninho desaparecía un momento y regresaba vestido con una falda de Amélia, una cofia de la Sanjoaneira, fingiendo un fuego lúbrico por João Eduardo, quien, entre las chillonas risotadas de las viejas, retrocedía, muy ruborizado. A veces venían Brito y Natário: se formaba entonces una gran partida de lotería. Amaro y Amélia se sentaban siempre juntos; y toda la noche, con las rodillas pegadas, los dos sonrojados, permanecían vagamente aturdidos por el mismo deseo intenso.