El crimen del padre Amaro

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Pero las viejas lo reclamaban para continuar con la malilla, y él iba a sentarse, tarareando las últimas notas, con el cigarro entre los labios, con los ojos húmedos de felicidad.

Los viernes se celebraba la gran partida. Doña Maria da Assunção aparecía siempre con su hermoso vestido de seda negra; y como era rica y tenía parentela hidalga, le otorgaban con deferencia el mejor sitio a la mesa, que ella ocupaba meneando pretenciosamente las caderas, produciendo frufrús de sedas. Antes del té, la Sanjoaneira la llevaba siempre a su habitación, donde guardaba para ella una botella de mosto añejo; y allí las dos amigas parloteaban mucho tiempo, sentadas en sillas bajas. Después Artur Couceiro, cada día más chupado y más tísico, cantaba el fado nuevo que había compuesto, al que llamaba el «Fado de la Confesión»; eran cuartetas hechas para agradar a aquella piadosa reunión de faldas y sotanas:

Na capelinha do amor,

no fundo da sacristia.

Ao senhor padre Cupido

confessei-me noutro dia…

Venía después la confesión de pecaditos dulces, un acto de contrición amorosa, una penitencia tierna:

Seis beilinhos de manhá,

de tarde um abraço só.


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