El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Oiga, João Eduardo, vaya a charlar con mamá, si no se nos va a quedar dormida.
Y João Eduardo iba a sentarse al lado de la Sanjoaneira, quien, con las antiparras sobre la punta de la nariz, remendaba somnolienta su calcetín.
Después del té, Amélia se sentaba al piano. Producía entusiasmo entonces en Leiría una vieja canción mexicana, la Chiquita. A Amaro le parecía exquisita; y sonreía con placer, mostrando sus dientes muy blancos, apenas Amélia empezaba con mucha languidez tropical:
Cuando salí de La Habana
¡válgame Dios!…
Pero Amaro amaba sobre todo la otra estrofa, cuando Amélia, con los dedos flojos sobre el teclado, el busto echado hacia atrás, moviendo sus ojos con ternura, con dulces movimientos de cabeza, decía, toda voluptuosa, silabeando el español:
Si a tu ventana llega
una paloma,
¡trátala con cariño
que es mi persona!
Y qué graciosa la encontraba, qué criolla, cuando gorjeaba:
¡Ay chiquita que sí,
ay chiquita que no-o-o-o!