El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Más amor al prójimo! —refunfuñaba el canónigo, removiéndose en la butaca.

Y con un eructo breve volvía a cerrar los párpados.

Entonces las botas de João Eduardo rechinaban en la escalera, y Amélia abría inmediatamente la mesita para la partida de malilla: los contrincantes eran la Gansoso, doña Josefa, el párroco; y como Amaro jugaba mal, Amélia, que era una maestra, se sentaba detrás de él para «orientarlo». Después de las primeras bazas había discusiones. Entonces Amaro volvía el rostro hacia Amélia, tan cerca que sus alientos se mezclaban.

—¿Ésta? —le preguntaba, indicando la carta con mirada lánguida.

—¡No, no! Espere, déjeme ver —decía ella, sonrosada.

Su brazo rozaba el hombro del párroco: Amaro percibía el olor a agua de colonia, que ella usaba en exceso.

Enfrente, junto a Joaquina Gansoso, João Eduardo, mordisqueándose el bigote, la contemplaba con pasión; Amélia, para desembarazarse de aquellos dos ojos taciturnos fijos en ella, había acabado por decirle «que hasta era indecente delante del párroco, que era muy ceremonioso, estar así, acechándola toda la noche».

Y a veces, entre risas, le decía:


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