El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Paseando excitado por la habitación llevaba aún más lejos sus acusaciones, contra el celibato y contra la Iglesia: ¿por qué prohibía ella a sus sacerdotes, hombres que vivían entre hombres, la satisfacción más natural, no vedada siquiera a los animales? ¿Se imaginaban que porque un obispo anciano le diga «serás casto» a un hombre joven y fuerte, su sangre va a enfriarse de repente? ¿Y que una palabra en latín —accedo— pronunciada en un temblor por el seminarista asustado sería suficiente para contener eternamente la rebelión formidable de su cuerpo? ¿Y quién inventó eso? ¡Un concilio de obispos decrépitos, llegados del fondo de sus claustros, de la paz de sus escuelas, arrugados como pergaminos, inútiles como eunucos! ¿Qué sabían ellos de la naturaleza y de sus tentaciones? ¡Que viniesen allí, que pasasen dos o tres horas al lado de Améliazinha, y ya verían como empezaba a revolvérseles el deseo bajo su máscara de santidad! ¡Todo puede eludirse y evitarse, salvo el amor! Y si el amor es fatal, ¿por qué prohíben entonces que el cura lo sienta, que lo realice con pureza y dignidad? ¡Tal vez era mejor que fuese a buscarlo a las callejuelas indecentes! ¡Porque la carne es débil!