El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Su amor era, por lo tanto, una infracción canónica, no un pecado del alma; podía desagradar al señor chantre, no a Dios: sería legítimo en un sacerdocio con normas más humanas. Se le ocurría hacerse protestante: pero ¿dónde?, ¿cómo? Le parecía más extraordinario e imposible que transportar la vieja catedral hasta la cima del monte del castillo.

Así que se encogía de hombros, burlándose de toda aquella confusa argumentación interior: «¡Filosofías tontas!». Estaba loco por la muchacha, la certeza era ésa. Quería su amor, quería sus besos, quería su alma… Y el señor obispo, si no fuese un viejo, haría lo mismo, ¡y el Papa haría lo mismo!

A veces daban las tres de la madrugada y todavía paseaba por la habitación, hablando solo.

¡Cuántas veces João Eduardo, paseando de madrugada por la Rua das Sousas, había visto en la ventana del párroco una luz mortecina! Porque últimamente João Eduardo, como todos los que tienen un disgusto amoroso, había adoptado la costumbre triste de pasear hasta muy tarde por las calles.

El escribiente, ya desde el primer momento, se había dado cuenta de la simpatía de Amélia por el párroco. Pero, conociendo su educación y las costumbres devotas de la casa, atribuía aquellas atenciones casi humildes hacia Amaro al respeto beato por su sotana de cura, por sus privilegios de confesor.


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