El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ah! Pero esté usted tranquilo. Si eso le molesta, muy bien. No vuelvo a acercarme a él.
João Eduardo, tranquilizado, razonó que «no había nada». Aquellas maneras eran excesos del beaterio. ¡Entusiasmo por la curería!
Entonces Amélia decidió disimular lo que llevaba en el corazón: siempre había considerado al escribiente un poco tonto. Y si él lo había notado, ¡qué no harían las Gansoso, tan perspicaces, y la hermana del canónigo, curtida en malicia! Por eso, a partir de aquel momento, en cuanto oía a Amaro en la escalera, adoptaba una actitud distraída, muy artificial: pero, ¡ay!, apenas él le hablaba con su voz suave o volvía hacia ella aquellos ojos negros que le causaban un estremecimiento nervioso, su actitud fría desaparecía como una delgada capa de nieve que se derrite bajo un sol muy fuerte, y todo su ser era una expresión continua de pasión. A veces, absorta en su embeleso, olvidaba que João Eduardo estaba allí; y se quedaba muy sorprendida cuando oía en un rincón de la sala su voz melancólica.