El crimen del padre Amaro

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Por lo demás, notaba que las amigas de su madre envolvían su «inclinación» hacia el párroco con una aprobación muda y afable. Él era, como decía el canónigo, el niño bonito: y de los gestitos y las miradas de las viejas emanaba tal admiración hacia él, que se creaba una atmósfera favorable al crecimiento de la pasión de Amélia. Algunas veces doña Maria da Assunção le decía al oído:

—¡Míralo! Es que inspira fervor. Es la flor del clero. ¡No hay otro igual!

¡Y todas tenían a João Eduardo por «un inútil»! Así que Amélia ya no disimulaba su indiferencia: las chinelas que le estaba bordando hacía mucho que habían desaparecido de la cesta de la costura, y ya no se asomaba a la ventana para verlo pasar camino de la notaría.

La certeza se había establecido en el alma de João Eduardo, en aquella alma que, como él mismo decía, se había vuelto más negra que la noche.

«Le gusta el cura», concluyó. Y al dolor de su felicidad destruida se unía la pena por el honor de la amenazada.

Una tarde, al verla salir de la catedral, la esperó delante de la botica, y muy decidido:

—Quiero hablar con usted, señorita Amélia… Esto no puede seguir así… Yo no puedo… ¡Usted está enamorada del párroco!


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