El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro que me levou á má vida,
Y la guitarra: dir-lin, din, din, dir-lin, din, don.
Na vida do negro fado.
Ai! Que me traz assim perdida…
Esto le traía siempre recuerdos de Lisboa, porque terminaba diciendo con odio:
—¡Qué pocilga de tierra ésta!
¡No podía consolarse de vivir en Leiría, de no poder beber su cuartillo en la taberna del tío João, en A Mouraria, con la Ana Alfaiata o con el Bigodínho, oyendo al João das Biscas, con el cigarro ladeado en la boca, el ojo vidrioso medio cerrado por el humo del tabaco, haciendo llorar a su guitarra al cantar la muerte de Sofia!
Después, para reconfortarse con la certidumbre de su talento, le leía a João Eduardo sus artículos, en voz muy alta. Y João se interesaba porque aquellas «producciones», que últimamente eran siempre «andanadas contra el clero», se correspondían con sus preocupaciones.