El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro También João Eduardo reconocía que Agostinho era «un bribonzuelo»; de día no se atrevería a pasear con él por la calle; pero le gustaba ir a la redacción de madrugada, fumar cigarrillos, oír a Agostinho hablar de Lisboa, del tiempo que había vivido allí empleado en la redacción de dos periódicos, en el teatro de la Rua dos Condes, en una casa de empeños y en otros establecimientos. ¡Estas visitas eran secretas!
A aquella hora de la noche, la sala de tipografía del primer piso estaba cerrada: el periódico salía los sábados; y João Eduardo encontró arriba a Agostinho, sentado en el banco, con una vieja chaquetilla de cuero cuyos corchetes de plata habían sido empeñados, concentrado, inclinado sobre largas tiras de papel, iluminado por un lúgubre candil de petróleo: estaba componiendo el periódico, y la sala oscura a su alrededor tenía el aspecto de una caverna. João Eduardo se arrellanaba en el canapé de mimbre o, yendo a buscar a un rincón la vieja guitarra de Agostinho, punteaba el fado corrido. El periodista, entretanto, con la cabeza apoyada en el puño, producía laboriosamente: «La cosa no le salía garbosa», y como ni el fadinho lo inspiraba, se levantaba, iba hasta un armario a engullir una copita de ginebra que removía entre sus mandíbulas estañadas, se desperezaba ostentosamente, encendía el cigarro y, aprovechando el acompañamiento, canturreaba roncamente:
Ora fol o fado tirano