El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La Voz do Distrito había sido creada por unos hombres a los que llamaban en Leiría el Grupo de la Maia, particularmente hostil al señor gobernador civil. El doctor Godinho, que era el jefe y el candidato del «grupo», había encontrado en Agostinho, como solía decir, «el hombre necesario»: lo que el «grupo» necesitaba era un bellaco con ortografía, sin escrúpulos, que redactase con lenguaje sonoro los insultos, las calumnias, las alusiones que ellos llevaban a la redacción sin forma, en notas. Agostinho era un estilista de las vilezas. Le daban quince mil reales por mes y vivienda en la redacción: un tercer piso destartalado en una bocacalle cercana a la plaza.
Agostinho hacía el artículo de fondo, las noticias locales, la «Correspondencia» de Lisboa; y el bachiller Prudéncio escribía el folletín literario con el título de «Palestras Leirienses»: era un joven muy honrado a quien el señor Agostinho le parecía repulsivo; pero tenía tal gula de publicidad que se sometía a sentarse con él todos los sábados, fraternalmente, en el mismo banco, para revisar las pruebas de su prosa, tan florida de imágenes que en la ciudad se murmuraba al leerla: «¡Qué opulencia! ¡Jesús, qué opulencia!».