El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Tiene que haber comprendido que le profeso un ferviente afecto, y por su parte me parece «si no me engañan esos ojos que son los faros de mi vida, y como la estrella del navegante», que también tú, Améliazinha mía, tienes inclinaciones hacia quien tanto te adora; incluso el otro día, cuando el Libaninho hizo línea en los seis primeros números y todos montaron aquella algarabía, tú apretaste mi mano bajo la mesa con tanta ternura ¡que hasta me pareció que el cielo se abría y que escuchaba a los ángeles entonar el Hosanna! ¿Por qué no has respondido, entonces? Si crees que nuestro afecto puede desagradar a nuestros ángeles de la guardia, entonces te diré que mayor pecado cometes teniéndome en esta incertidumbre y tortura, que hasta al celebrar la misa estoy siempre con el pensamiento en ti y ni siquiera puedo transportar mi alma al divino sacrificio. Si yo viese que este mutuo afecto es obra del tentador, yo mismo te diría: «¡Oh, mi hija bien amada, sacrifiquémonos por Jesús, para pagarle parte de la sangre que Él derramó por nosotros!». Pero he interrogado a mi alma y veo en ella la blancura de los lirios. Y tu amor también es puro como tu alma, que un día ha de unirse a la mía, entre los coros celestiales, en la bienaventuranza. Si supieses cómo te quiero, querida Améliazinha, ¡que a veces hasta creo que podría comerte a trocitos! Responde, pues, y dime si no te parece que podríamos acordar vernos en O Morenal, por la tarde. Me muero por expresarte todo el fuego que me abrasa y por hablarte de cosas importantes y por sentir en mi mano tu mano, que deseo me guíe por el camino del amor hasta los éxtasis de una felicidad celestial. Adiós, ángel hechicero, recibe la ofrenda del corazón de tu amante y padre espiritual.


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