El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Durante toda la mañana de ese domingo, el padre Amaro, de vuelta de la catedral, había estado ocupado en la laboriosa composición de una carta para Amélia. Impaciente, como él decía, «con aquellas relaciones que ni andaban ni desandaban, que eran miradas y apretones de manos y que de ahí no pasaban», le había entregado una noche, mientras jugaban a la lotería, un billetito en el que había escrito con buena letra, en tinta azul: «Deseo verla a solas, porque tengo mucho de qué hablarle. ¿Dónde podemos hacerlo sin inconvenientes? Dios proteja nuestro afecto». Ella no había respondido. Y Amaro, despechado, descontento también por no haberla visto aquella mañana en misa de nueve, resolvió «aclararlo todo con una carta de sentimiento», y preparaba las frases sentidas que deberían removerle el corazón, paseando por la casa, tapizando el suelo de colillas, inclinándose a cada poco sobre el Diccionario de sinónimos.
Améliazinha de mi corazón —escribía—. No puedo dar con las razones de fuerza mayor que no le permitieron responder al billetito que le entregué en casa de su señora madre; pues ello fue por la mucha necesidad que tenía de hablarle a solas, y mis intenciones eran puras y en la inocencia de esta alma que tanto la quiere y que no medita el pecado.