El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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¡Le recordaron el deber cristiano de perdonar las ofensas! La Sanjoaneira citó con unción la bofetada que Cristo soportó. Debía imitar a Cristo.

—¡Qué Cristo ni qué niño muerto! —gritó Brito, apopléjico.

Aquella impiedad los dejó a todos aterrorizados.

—¡Por favor, padre Brito, por favor! —exclamó la hermana del canónigo, reculando en su silla.

El Libaninho, con las manos en la cabeza, abatido por el desastre, murmuraba:

—¡Virgen de los Dolores, que hasta puede caer un rayo!

Y, viendo indignada incluso a Amélia, el padre Amaro dijo gravemente:

—Brito, la verdad es que se ha excedido usted.

—¡Si es que me están provocando!

—Nadie lo ha provocado —dijo severamente Amaro. Y en un tono pedagógico—: Tan sólo le recordaré, como es mi deber, que en estos casos, cuando se dice la peor de las blasfemias, el reverendo padre Scomelli recomienda confesión general y dos días de retiro a pan y agua.

El padre Brito farfullaba.

—Bueno, bueno —resumió Natário—. Brito ha cometido una gran falta, pero sabrá pedir perdón a Dios ¡y la misericordia de Dios es infinita!


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