El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Hubo una pausa conmovida en la que se escuchó a doña Maria da Assunção murmurar «que se le había helado la sangre»; y el canónigo, que durante la catástrofe había dejado los anteojos encima de la mesa, los retomó y continuó serenamente la lectura:
—«… ¿Conocéis a otro con cara de hurón?…».
Miradas de reojo se concentraron en el padre Natário.
—«… Desconfiad de él: si pudiese traicionaros no lo dudaría; si pudiese perjudicaros se alegraría: sus intrigas traen al cabildo en confusión porque es la víbora más dañina de la diócesis, pero así y todo muy dado a la jardinería, porque cultiva con primor dos rosas de su jardín.»
—¡Vaya, hombre! —exclamó Amaro.
—Para que vea —dijo Natário, lívido, poniéndose en pie—. ¿Qué le parece? Usted sabe que yo, cuando hablo de mis sobrinas, suelo decir «las dos rosas de mi jardín». Es una broma. Pues señores, ¡hasta de eso se aprovecha! —Y con una sonrisa de hiel—: ¡Pero mañana voy a saber quién es! ¡Fíjense bien! ¡Voy a saber quién es!
—Desprécielo, señor padre Natário, desprécielo —dijo la Sanjoaneira, pacificadora.