El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —«¡Pero ten cuidado, presbÃtero perverso!» —Y la voz del canónigo adquirÃa tonos cavernosos al soltar aquellos apóstrofes—. «Ya el arcángel levanta la espada de la justicia. Y sobre ti y sobre tus cómplices ya la opinión de la ilustrada LeirÃa fija su mirada imparcial. Y aquà estamos nosotros, nosotros, hijos del trabajo, para marcaros la frente con el estigma de la infamia. ¡Temblad, sectarios del Syllabus! ¡Cuidado, sotanas negras!»
—¡Toma ya! —dijo el canónigo, sudoroso, doblando la Voz do Distrito.
El padre Amaro tenÃa los ojos nublados por dos lágrimas de rabia: se pasó despacio el pañuelo por la frente, resopló, dijo con los labios temblorosos:
—¡Amigos, no sé qué decir! Por el Dios que me está escuchando, que ésta es la calumnia de las calumnias.
—Una calumnia infame —murmuraron.
—Creo que lo mejor —continuó Amaro— es que nos dirijamos a la autoridad.
—Es lo que yo decÃa —intervino Natário—, hay que hablar con el secretario general…
—¡Un garrote es lo que hace falta! —rugió el padre Brito—. ¡Autoridad! ¡Lo que hay que hacer es rajarlo! ¡Yo le beberÃa la sangre!…
El canónigo, que reflexionaba acariciándose el mentón, dijo entonces: